5 de noviembre de 2007
En una pequeña isla apartada del mundo, vivía un hombre que se sentía vacío y solo.
Sus ojos jamás habían visto más allá del horizonte que dibujaba un mar oscuro y sombrío,   y su alma anhelaba saber como era el mundo lejos de esas costas escasamente iluminadas por el sol.

Con esta intención, una mañana embarcó decidido a conocer las maravillas de Dios. Durante años recorrió cada rincón del planeta encontrándolo en cada paisaje, en cada forma y en cada gesto, viviendo jornadas de maravilla y alabanza por la gloria de la Creación. En cada lugar se detuvo para aprender las costumbres y recorrer los caminos, para encontrar los secretos de las tradiciones y las imágenes de la felicidad.
Habiendo llegado a un bello pueblo costero cayó en la cuenta de que había agotado todo su dinero.
Sin embargo, embelezado por todo lo visto y aprendido decidió sentarse en un jardín público a contar, a cambio de unas monedas, los secretos y maravillas conocidos, seguro de que a través de sus historias ayudaría a los demás a acercarse a Dios.
Para su sorpresa, averiguó casi inmediatamente que mucha gente ni siquiera se interesaba en sus historias, y que aquellas personas que se reunían a escucharlo pronto perdían el interés al ver que las mismas empezaban a repetirse. Así sus ingresos menguaron día con día hasta caer en la absoluta miseria.
Decepcionado, hambriento y desesperado, sintiendo que había sido completamente abandonado de la mano de Dios, decidió que su único destino posible era la muerte.

Cuanto dolor había en su corazón! cuanto desconcierto, cuanto amargura ante la certeza de que su viaje no había sido más que un engaño y su Dios una ilusión. ¡Con razón nadie quería escucharlo!, cómo escuchar hablar sobre un creador distante e indiferente, cuyo único regocijo era la Obra sin importar el corazón del hombre.
Si él mismo no hubiese estado embelesado por la ilusión de su Presencia, tal vez tampoco hubiese querido escuchar historias sobre un Ser distante que se deleita solo en sí mismo.

Caminó sumergido en estas cavilaciones hasta que llegó a las playas en el este de la isla en la que se encontraba el pueblo. Agotado, abatido y humillado, se sentó junto a unas rocas y entre lágrimas dijo:
– Aquí me tienes, por última vez frente a tu magnífico mar. El mismo mar que alimentó mi ansiedad de Ti hoy deberá matarla para arrancarla del mundo y evitar que se propague, como una plaga de ingenua adoración.
Aquí estoy, yo que dediqué todos estos años a contemplar tu obra, a conocerla y a alabarla, que canté, emocionado de amor frente a tu creación, en cada rincón del mundo, que observé maravillado como tu sabiduría infinita, tu mirada omnipotente y tu mano bendita habían diseñado y tejido la urdimbre de la materia en absoluta perfección, yo, que soy tu más devoto testigo, que te he visto a los ojos en tu creación y te he reconocido.
Aquí me tienes… y aquí me abandonas.
¿Cuántos hay que caminan sin ver tus maravillas, que viven sin ser testigos de tu presencia hecha materia y aún así están provistos de todo y son felices? Yo que por ti lo he dejado todo, en esta hora de angustia son tu distancia y tu silencio todo lo que tengo para cobijarme y suplicar ayuda…-

abatimiento

Con los aún ojos enrojecidos por el llanto alcanzó a ver uno metros más adelante a dos pescadores regresando del mar, su frustración era visible y la explicación se hallaba en sus redes vacías.
Recordó que años atrás había visto en China unos pescadores armar redes en forma de mediomundo, muy efectivas, con fibras naturales muy similares a las locales y decidió enseñarles a tejerlas.
Después de todo un día de trabajo lo lograron. En agradecimiento los pescadores le ofrecieron un lugar dónde descansar en su propia cabaña, y el aceptó, deseoso de esperar el alba para comprobar los resultados de la red.
Pasaron una noche completa de trabajo incesante pero el amanecer los vio llegar con las redes a punto de romperse por la carga de peces.
Tenían el cuerpo cansado pero el alma fresca y el ánimo feliz, porque ahora eran dueños de su riqueza y la de sus familias y amigos. Despertaron al viajero entre risas y lágrimas de alegría, le ofrecieron lo mejor de su pesca para desayunar y juntaron todas sus riquezas… 6 monedas de plata que le entregaron junto con la invitación a quedarse con ellos tanto tiempo como deseara.
Se sintió feliz por ellos, pero seguía decepcionado y con un profundo sentimiento de abandono instalado en el corazón, alzó los ojos al cielo profundamente azul con ansias de una señal y pensó:
“-Nada, solo silencio, aún después de lo de ayer yo sigo acá abandonado de tu mano-“

Avanzó camino a su destino final nuevamente, cuando empezando a entrar en el agua, vio delante suyo una anciana con un bebé muy pequeño en brazos, con los ojos anegados de llanto y perdidos en algún punto lejano en el mar, que seguía avanzando haciendo caso omiso grito desconsolado del niño. Comprendiendo la tragedia que se desataría ante sus ojos, se abrió paso por el agua llamándola a voces.
Cuando la tomó por los hombros la anciana pareció despertar de su trance y comprender lo que estaba haciendo, temblando le entregó el bebé al viajero y juntos emprendieron el regreso a la playa.
Desecha en llantos le contó que había salido temprano por la mañana al mercado llevando a su nieto recién nacido. Su hija había estado de parto toda la noche y junto con su marido habían caído rendidos. Ella que estaba acostumbrada a madrugar pensó en traer lo necesario para un buen desayuno mientras aprovechaba para mostrarle su nieto a todos en el pueblo.
Una lámpara debió haberse volcado por accidente iniciando un fuego furioso, los jóvenes padres murieron asfixiados y la casa se quemó hasta sus cimientos.
Desesperada, sabiendo que a su edad ya no tenían oportunidad de sobrevivir, decidió terminar con sus vidas.
El viajero quedó profundamente conmocionado, al parecer Dios no solo le daba la espalda a él. Llevó a la anciana de regreso al mercado, habiendo recordado que en las estepas rusas había vista a ancianas urdir su propia lana y confeccionar abrigadas mantas tanto para sí como para vender, con las monedas de plata compró tres ovejas y un carnero.
Aprovechó la invitación que le hicieran los pescadores para que la recibieron a ella y al bebé y lo hicieron con los brazos abiertos. Durante dos días le enseño como trasquilar la ovejas y como se urdía la lana según lo que recordaba. Cuando la lana estuvo lista, la anciana, que era una excelente tejedora, supo exactamente lo que tenía que hacer.
Inmediatamente empezó a tejer, sin importar lo agotada que estaba, tejió toda la noche y por la mañana ya tenía la primera manta para vender en el mercado. Sería muy duro, pero podría lograrlo.
Su satisfacción iba en aumento, al menos no moriría sin haber ayudado a otros que, como él, habían sido dejados a su suerte.
Sin embargo su abatimiento también había aumentado. Si no había piedad para una anciana y un bebé, ¿Que podría esperar para él?. Caminó por la playa arrastrado por una cantidad de sensaciones encontradas.

A mitad de camino se percató de que los campos de cultivo sobre las colinas lindantes a la playa estaban secos, y que un grupo e personas observaban con actitud agobiada. Decidió que antes de continuar con su propósito bien podía detenerse a ver qué pasaba.
Cuando se acercó a los hombres, estos le contaron que estaban desesperados. Hacía meses que no llovía en sus campos, otra cosecha se iba a perder y la pobreza y el hambre arrasarían con ellos y sus familias. La sequía era tal que había reducido las márgenes del río y ya era imposible seguir regando los campos con las mulas.
El viajero empezó a recorrer el terreno y vio que, si bien el río estaba algo alejado, la pendiente era favorable para un sistema de acequias como el que había vista hacer en Egipto. Le explicó a los agricultores cuál era su idea, sin embargo les aclaró que el trabajo serías durísimo, tanto por la envergadura de la obra como por lo reseco de la tierra, no obstante si decidían realizarla él se ofrecía a ayudarlos y guiarlos hasta el final.
Se acordó iniciar las obras inmediatamente, pero antes había un problema inmediato por resolver: la alimentación de sus mujeres e hijos.

El viajero bajó a hablar con los pescadores, estos se ofrecieron a entregarles una parte de su pesca diaria y la anciana, conmovida por la situación, se ofreció a enseñar a las mujeres el arte de tejer mantas para que pudieran aprovechar sus propias majadas ahora que no debían sacrificarlas para comer.
Los hombres trabajaban sin descanso durante días interminables en el sistema de riego y las mujeres tejían. Pronto varias de ellas descubrieron que les resultaba más agradable tejer redes que mantas, y hallaron así un modo de retribuir en parte a los pescadores.
Dos meses pasaron antes de que el agua llegase a los campos, primero como in hilo tímido pero en unas horas como un riacho que bendecía a todos los sembrados por igual. Dos meses de compartir trabajo, pescado y pan, dos meses de dudas, de desaciertos, de temores, dos meses de olvido de sí mismo…

Ahora la felicidad era indescriptible, todos festejaron eufóricos por los peces, las mantas, las ovejas, el trigo, la prosperidad, la paz… el renacimiento.
En muestra de agradecimiento, aquellas personas decidieron ofrecerle al viajero una cabaña humilde pero sólida para que se quedara entre ellos, para que los aconsejara, para que compartiera con ellos el fruto de sus ideas y su trabajo y la alegría de todos.

El viajero llegó hasta la cabaña… estaba bastante alejada del pueblo, de la costa e incluso de la gente que había ayudado en los cultivos, pero en verdad era de excelente hechura y solo tenía unas mínimas reparaciones para hacerle.
Estaba cansado, pero profundamente feliz.
Se sentó en el dintel de la puerta con las llaves en la mano y mientras las miraba pensaba en cuantas puertas se habían abierto, cuantos candados se habían liberado, al verlas resplandecer al sol comprendió que todo aquello que había tenido la dicha de recorrer, ver y aprender no era para ser contado en su beneficio sino para ser transmitido en beneficio de otros. y que en ese “SER para los otros” se había olvidado de sus lamentaciones, de sus desilusiones e incluso del mismísimo Dios egoísta que lo había torturado.

Guardó las llaves en el bolsillo de su camisa y entró en la cabaña decidido a comenzar las reparaciones cuanto antes.

Trabajó como quien canta, ligero, libre y dispuesto a recomenzar su vida, y así lo hizo.
cuando se terminaron todas las reparaciones, una mañana de primavera dejó una nota en la puerta de su cabaña diciendo que iría hasta las playas del este de la isla.
Caminó durante unas horas hasta llegar al lugar de los sembrados de sus amigos agricultores. Por más que buscó no pudo encontrar ni una de las casas y los terrenos cultivados estaban cubiertos de una bellas flores blancas tan altas que tapaban los canales de riego.
Siguió caminando por otras dos horas hasta llegar a la playa de los pescadores… no había nada, ni nadie,. Ni las casas de los pescadores, ni la anciana y su nieto, ni los barcos, y una majada inmensa de ovejas blancas como las nubes se paseaba libremente entre las colinas y la playa.

Estaba desolado, su desconcierto no podía ser mayor, no sabía qué hacer ni qué pensar, pero como se hacía tarde emprendió el regreso antes de que se pusiera el sol.
Llegó a la cabaña abatido, mientras ponía las llaves en la cerradura vio que llegaba un vecino del pueblo con una vianda de fiambres caseros para intercambiar por cierta información sobre el curtido de cuero.
-Que bueno encontrarlo mi amigo, vine más temprano y encontré su nota en la puerta- le dijo -discúlpeme, pero puedo preguntarle qué fue a hacer a las playas del este?, si no es indiscreción-
-No para nada vecino- contestó el viajero- de hecho tal vez si le cuento usted pueda ayudarme, lleva en esta isla toda su vida y vive más cerca del pueblo-
Dicho lo cual le relató su historia desde el principio sin omitir un solo detalle.

playa de ángeles

El hombre lo miró estupefacto -vea mi amigo, no es que crea que es usted un mentiroso, pero debe estar en un error. Ahí nunca vivió nadie, esas playas siempre se han dejado intactas por respeto. Desde tiempos inmemoriales, en las tardes serenas, se escuchan voces entonando cantos .
Llamelo superstición pero las mujeres ancianas de la isla dicen que son los cantos del cielo, y por eso las llamamos “Playas de los Ángeles”

Usted tiene el permiso de republicar este artículo o cualquiera de sus partes sin modiicaciones,
y
en tanto incluya un vínculo de retorno a esta página,
gracias a una licencia de Creative Commons
.
NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Namasté.