Es verano, y varios abnegados padres pájaro traen a sus recién emplumados pichones a aprovechar los beneficios de un improvisado “Fast Food” que tengo instalado en el pedacito de tierra que la Gaia comparte conmigo. No es más que una rudimentaria bandeja de aluminio, que ha conocido épocas mejores, provista de la más ecléctica y accidental variedad de miguitas y/o semillas.

¿La verdad? no lo instalé tanto por ellos como por mí, son una compañía mágica y un recreo para los momentos duros de la vida. Como sea, cuando algo es verdaderamente bueno todos se benefician y estoy segura que ellos consideran que la bandeja es para su uso exclusivo.
De todos los padres que me regalaron el honor de unas clases abiertas de “alimentación 1° nivel” son las dos crías de un casal de calandrias las que inspiraron esta reflexión.

Los padres trajeron siempre a los dos pichones juntos, siempre en el mismo horario, siempre alimentándose ruidosa y torpemente…todo igual. Con el paso de los días las visitas se fueron espaciando, supongo que porque tocaba pasar a “Alimentación 2°nivel , rumbo al alimento salvaje” que no se dictaba lejos, apenas a unos 200, 300 metros de mi bandeja, en unos pinos. Pero pronto volvió uno de los pichones para alimentarse regularmente en el antiguo horario sin perder de vista dónde estaban sus padres.

Supongo que fue cuando llegó el momento de “abandonar el nido”, que el pichón se instaló en calidad de permanente entre las ramas de mi níspero y la bandeja, sin alejarse nunca mucho más, ni por mucho tiempo.
Aclaremos: mi “fast food” es un hobby, no un hábito responsable, puede suceder que pasen varios días y yo no tenga ni semillas, ni pan… ni onda. Como respuesta a esto el pichón se limitaba a piar fuerte hasta que (las primeras veces distraída o trabajando) me motivaba a desmenuzar alguna galletita sin prestar mucha atención quien piaba. Hasta que me di cuenta, y empecé a observar su comportamiento:

A primera hora de la mañana buscaba su ración, daba unas vueltas por el fondo comía otro poco y pasaba la hora de la siesta en el níspero, al atardecer volaba cerquita, comía y dormía en el mismo árbol. La rutina solo se modificaba cuando no había comida y, el ya no tan pichón de calandria, piaba como un marrano hasta que llegaba algo.

Entonces no pude evitar pensar que el encarcelamiento no es estar privado de la libertad … es no saber de lo que somos capaces, es tener estas bellísimas alas, estos poderosos músculos, estos sentidos agudos, estos horizontes ilimitados y vivir alrededor de una bandeja de comida escasa, aburrida y mediocremente nutricia. Es tener toda la preparación, todo el instinto de grandeza y encadenarlo a una porción de pasto y un arbolito, por miedo a lo que podríamos no encontrar, ser o tener.

Una de las acepciones de “prisión” en el diccionario es “Aquello que ata estrechamente las voluntades y afectos.”
Como sea, yo “tenía” una calandria (“…Uno es responsable de lo que domestica…”decía el zorro de El Principito). Aquellos que me conocen más íntimamente, saben que no hay sueño que yo vele más en este momento de mi vida que mudarme de dónde vivo. Pensé en esa bandeja vacía y, obviamente, no esgrimí tanto ego como para suponer que se iba a morir de hambre, pero si que iba a resultarle muy duro.

Así que me dispuse a espaciarle la comida (bajo protesto de una serie de gorriones y chingolos cancheros que no dependían de ella pero se la comían igual). Los primeros días fueron raros, me conmovía oírla y verla, y hubiese salido desesperada a comprar semillas, pero era por mí, no por ella que lo hubiese hecho.

Pasada la primer semana empezó a bajar a picotear unas cositas del pasto, y yo me dedique a espantarla de tanto en tanto hasta que se vio en la obligación de buscar nuevos lugares para comer.
Pasaron 20 días. Pasan días y no la veo , el níspero sigue siendo un buen lugar donde dormir pero la bandeja ya no es el único lugar para desayunar. No sé como fue que se motivó ese comportamiento, pero si sé que fue por miedo… sí no se hubiera atado a la fuente desoyendo su instinto no hubiese habido tanto desconcierto, ni tanto miedo, ni tanto dolor.

No obstante me muero de envidia de pensar que a ella le bastaron solo 20 días y unos píos comprender lo que a mi me tomó varios, varios años y muchas lágrimas:

QUE LAS MEJORES ALAS, LOS MEJORES VIENTOS Y LOS MEJORES CIELOS NO SIRVEN DE NADA CON LA VISTA BAJA Y UN MIEDO PARALIZANTE A LO QUE SOMOS CAPACES.
LES DESEO A TODOS UNA VIDA LIBRE DE BANDEJAS Y DE MIEDOS, BUENOS VIENTOS, Y HORIZONTES INFINITOS.

( Y un gracias enorme a quienes de un modo u otro, por una razón u otra, me sacaron “la bandeja”, y a todos aquellos que, amorosa y pacientemente, me explicaron para que sirven las alas incluso a través de mis píos desesperados.)

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