…”Por eso es tan importante dejar que ciertas cosas se vayan, soltar, desprenderse.
Siempre es preciso saber cuándo una etapa llega a su final.
Si insistimos en permanecer en ella más del tiempo necesario,
perdemos la alegría y el sentido de las otras etapas que precisamos vivir.
A qué paso darás vuelta tu página?: no podemos ser eternamente niños,
adolescentes tardíos, enamorados que reviven noche y día una relación con quien estuvo.
Las cosas pasan, y es mejor que las dejemos ir.
Nadie está jugando con cartas marcadas, a veces ganamos, a veces perdemos.
No esperes que te devuelvan nada, no esperes que reconozcan tu esfuerzo,
ni que descubran tu genio, o que entiendan tu amor.
Deja de conectar tu televisión emocional e insistir siempre en el mismo programa,
que muestra cómo sufres con determinada pérdida: eso te estará envenenando de a poco y nada más.
Ve cerrando ciclos, no por orgullo, por incapacidad o por soberbia,
sino porque simplemente aquello no encaja en tu vida.
Cierra la puerta, cambia el disco, limpia tu casa, sacude el polvo.
Deja de ser quien eras y transfórmate en quien eres .
Vuélvete una persona mejor y asegúrate de que sabes bien quién eres,
antes de conocer a alguien o de esperar que te reconozcan.
Y recuerda que todo llega siempre por alguna razón…”
(Coelho)

En mayor o menor medida aquello que hemos vivido y que nos ha marcado en forma de experiencia, conforma una parte de nuestra identidad, de la “realidad” de nuestro Yo. Sin embargo siempre percibimos nuestra identidad reflejada en el espejo de la memoria, todas aquellas cosas por las que hemos pasado, que nos han sido dichas, que hemos inferido de nuestras experiencias, o de las experiencias ajenas, dan forma a ese YO.

En la relación con los demás entramos en contacto con fuerzas que amenazan nuestra integridad, las sombras del otro, sus pensamientos, sus creencias se mezclan con cada una de sus correspondencias en nosotros y dan origen a miles de pequeñas fibras que se enredan creando una trama desordenada y oscura. Del mismo modo se integran los aspectos elevados, luminosos y sabios de ambos formando una trama deslumbrante de luz y vibración. En definitiva, en relación con el “exterior”, nuestra identidad siempre se ve comprometida.
El amor también es tamizado por el espejo de la memoria, respondemos al amor en general, pero al romántico en particular, con una serie de estructuras preconcebidas que nos hacen ocupar un lugar generalmente rígido, somos victimas, victimarios, depredadores, seres féricos ajenos a la realidad de lo sensible, sanadores, enfermos, mendigos, artífices, salvadores, mártires, santos, eternos jugadores… somos un rol.
Hemos aprendido a entregar nuestra verdadera identidad (la cual por otra parte nos resulta absolutamente desconocida) a cambio de recibir unos tristes sucedáneos de un Amor Absoluto cuya necesidad pulsa en nosotros como una Sed Eterna.

Prostituimos nuestra identidad a cambio de unas monedas emocionales que nos dejan más vacío, más insatisfechos y más sedientos que antes.
Por otra parte cuando nos exponemos a frecuencias amorosas de alta vibración, cuando recibimos la bendición de saciar nuestra sed en las Verdaderas Fuentes, también comprometemos nuestra identidad…el Amor Divino toma eso que creemos que somos y lo funde hasta hacerlo desaparecer, dejando al descubierto esa masa de energía vibrante y elevada que constituye nuestra VERDADERA IDENTIDAD.
Toda una paradoja aparentemente… hay un amor que puede tocarte la piel pero que te confunde la Identidad, y hay una amor que no responde al plano de lo sensible, pero que revela Tu Verdad más Íntima.

Pero nosotros estamos acá; y estamos porque el plano de lo sensible es importante para nuestro viaje, de hecho esa es la esencia de la ENCARNACIÓN, “hacerse carne”, incorporar a la percepción Supralumínica la experiencia de la exploración de los sentidos. ¿Y entonces?…
Todo tiene que ver con la identidad, con la Creada y la Real. Antes de estar listos para entrar en contacto con otras identidades, debemos primero tener una idea clara de quienes somos, en todos los planos, en todas nuestras expresiones. Saber cuales son las circunstancias internas y externas en las que podemos compartir con el otro sin comprometer nuestra Identidad.
Y acá me refiero a la que sea que estemos esgrimiendo, somos Seres Libres en el sentido más estricto y, por lo tanto, tenemos derecho a la Identidad que NOSOTROS definamos. Si hay algo para cambiar en ella será porque ese es nuestro deseo, nuestra vocación, nuestro destino de Luz. No porque voluntades mezquinas en conflicto con su propia identidad, desean minimizar su ansiedad exigiendo un cambio en nosotros que hagan SU paisaje más amable.

La miseria no gusta de estar sola dice el dicho y por supuesto se aplica en ambas direcciones.

Porque nosotros también buscamos eludir los desafíos manifestadores de nuestra Verdadera Identidad, corrompiendo, desvalorizando e incluso desafiando la identidad de los otros.
Pensemos un instante en “La Persona Ideal” (príncipe azul, hada rosa, como les guste), definamos exhaustivamente cuales son sus cualidades…
Como seres racionales somos capaces de comprender que la Perfección no existe en este plano, menos aún entre los seres encarnados. Precisamente porque la encarnación es una exploración de la búsqueda de la perfección. Sin embargo, si no hicimos trampa de pseudosuperados con la lista, acabamos de describir a Dios. Algo de nosotros sabe de nuestra verdadera naturaleza divina y de la verdadera naturaleza divina de quienes nos rodean, y proyecta la esperanza del encuentro con Dios en esta intuición sobre el otro.

Depositamos en la manifestación física que el otro representa, nuestras aspiraciones más elevadas, pedimos un ser humano (y por supuesto solo uno) que reúna todos los requisitos esperables para otorgarnos nuestro merecido paraíso.
Ni por un instante nos ponemos a contemplar lo desmedido de nuestra exigencia, ni que ofrecemos nosotros a cambio, ni lo antinatural de una actitud que, le da la espalda al Dios que es el Compañero Amado al tiempo que le vocifera exigencias al humano que se encuentra en nuestro mismo proceso de búsqueda.
Dios es la única Fuente De Amor Perfecto, el que siempre responde, el que siempre contiene, el que contempla nuestros fallos todas las veces con infinito perdón, el que nos conforta sin juzgarnos. El que enciende nuestras almas de felicidad, quien nos hace sentir seguros, confiados y en Paz.

Solo cuando contamos con la verdad de nuestra identidad, cuando dirigimos nuestra sed de perfección a la verdadera fuente y aceptamos en nuestro corazón la naturaleza humana en toda su realidad, somos capaces de encontrarnos con el otro desde nuestro mejor YO.
Todos tenemos vocación de perfección, no es que debamos exigir (o tratar de extorsionar con trueques de ninguna clase) esta vocación en el otro.

Es que si somos concientes y consecuentes con esta vocación en nosotros mismos, es mucho más probable que, por la Ley de Atracción, encontremos en nuestro camino seres en esa misma frecuencia vibratoria, y que (por la misma Ley) no podamos acercarnos a aquellos que están en la búsqueda de una “miseria acompañada” o incluso puede ser que habiéndose producido un acercamiento, este no tenga otro fin que el de lograr que cada uno aproveche aquello que es mejor para su momento sin importar lo que el otro pueda o no pueda dar.

Así, al momento de la exploración de los sentido, podremos hacer realidad el postulado del Tantra que indica que en la unión no son los seres terrenos sino los divinos los que celebran el goce del contacto con la Divinidad en le Plano de lo Sensible.
El Amor romántico es la flor en el Árbol del Amor Divino. No tiene raíces, no tiene ramas, es incapaz de alimentarse a si mismo.
Nace para ser bello y efímero, para abrirse al exterior y ser fecundo, para preparar la continuación del camino, el fruto, la semilla o para extasiarse en el goce de la contemplación de su propia belleza.
Si no creamos fibras de un quantum más elevado con el otro, al finalizar la temporada la flor se marchitará y caerá, simplemente porque así debe ser y también esto es perfecto.
Porque no habremos esperado que una flor nos diera un Paraíso Eterno, sino una mirada fugaz y embelezada al Amor Divino que habita en nosotros.

SI SABEMOS QUIENES SOMOS EN REALIDAD, PODEMOS TENER LAS FLORES Y EL ÁRBOL… Y SEGUIR VIENDO EL BOSQUE.

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Namasté.

“Cuando no tienes amor, le pides al otro que te lo dé.
Eres un mendigo. Y el otro te está pidiendo que se lo des a él o a ella. Ahora bien, dos mendigos extendiendo sus manos uno al otro y ambos con la esperanza de que el otro lo tenga… Naturalmente ambos se sienten derrotados y ambos se sienten engañados.
Esta es la paradoja: aquellos que se enamoran no tienen amor, por eso se enamoran. Y porque no tienen amor, no pueden darlo. Y algo más : una persona inmadura sólo se enamora de otra persona inmadura, porque sólo ellas pueden comprender el lenguaje de la otra. Una persona madura ama a una persona madura. Una persona inmadura ama a una persona inmadura.
El problema básico del amor es madurar primero, entonces encontrarás una pareja madura; entonces la gente inmadura no te atraerá para nada. Es sencillamente así…
…cuando dos personas maduras están enamoradas,
ocurre una de las más grandes paradojas de la vida, uno de los fenómenos más bellos: están juntos y sin embargo tremendamente solos; están tan unidos que casi son uno. Pero su unión no destruye su individualidad, de hecho, la realza: se vuelven más individuos.

Dos personas maduras enamoradas se ayudan mutuamente a ser más libres.”
(Osho)