SÉ que más de una vez hemos postulado o nos hemos identificado con el ejercicio del perdón.
Perdonar, perdonarnos.
En “INMACULADOS” les decía:

Somos la Magnífica presencia de Dios en la Materia… la perfección no es algo para alcanzar, sino para experimentar, mirando atentamente cada una de nuestras máculas sin juzgar a ninguna y preguntándonos cuál es el don que encierra? Cuál es la Gracia que esconde?

Es el momento de un cambio honesto de paradigma.
Si, repetimos casi como autómatas que nuevas energías están llegando a la tierra y que debemos ser sincrónicos con ellas, pero cuando llega el momento del verdadero “Sacro Oficio” dejamos que todo lo que fue siga siendo.
Hay un amor inmenso en el perdón. Pero un error de enfoque.
Si pensamos en perdonar, pensamos en algo errado, mal hecho, malvado, mal intencionado.
Pensamos en lo que nos pasa fuera de nuestro albedrío, de nuestra voluntad.
PENSAMOS EN UNA ILUSIÓN.
Hablamos de dejarnos seducir por la idea de que podemos alejarnos de nuestra condición divina como si fuese algo que existe fuera de nosotros, algo a alcanzar a través de nuestros actos.

Lo que en verdad sucede, es que, ante nuestras posibles posiciones, tomamos decisiones que bien pueden acelerar, propiciar, desviar o retener nuestro camino de manifestación de la Divinidad Inmanente, de la Trascendencia de la dimensión de la materia en busca del retorno a La Fuente.
Ante esta nueva óptica, buscaremos cambiar el Perdón (no hay fallo posible en la expresión de nuestro libre albedrío) por la Integración.

No la aceptación pasiva y lastimosa de la resignación, sino la sabia ACEPTACIÓN de la decisión tomada como una herramienta de luz (Aún si demostró ser un erro) que contribuye la manifestación de nuestra divinidad.
De este modo trascendemos el desmembramiento culposo que implica el perdón a la culpa,  y nos concentramos en la ACEPTACIÓN.
Comprenderemos que cada acontecimiento de nuestras vidas ha sido convocado por nosotros, elegido por nosotros y atesorado por nosotros en aras de un bien mayor, la experimentación.
Podrás decirme, “sí pero había una manera mejor de hacerlo”.
NO.
Lo que había eran modos más acordes con el ideal que vos tenés de tu perfección.
Y tenés todo el derecho de seguirlo.
Así, las experiencias también sirven para reformular el ideal de nosotros mismos y obrar en consecuencia.
Abandonemos la visión obsoleta de:

  • “Aquello que nos pasa”
  • “Aquello que nos lastima”
  • “Aquello que nos desea mal”
  • “Aquello que nos daña con malas intenciones”

Y comencemos a preguntarnos

Para qué he decidido pasar por esto?

No será fácil, ciertamente no siempre será grato… de hecho a veces ni siquiera será posible porque nuestra emoción nos nuble toda posible claridad.
Y qué?
Eso también lo estamos experimentando.
Pero cuando nos sea posible, cuando por fin comencemos a lograrlo, habremos llegado al punto en que abandonemos nuestra condición de hoja en el viento y asumamos nuestra condición de divinidad encarnada… y poderosa.
En nuestro beneficio y en beneficio de aquellos que nos rodean que sentirán que si nosotros somos capaces ellos también lo son.

No se trata de negar el poder curativo del perdón, sino de no significarlo como el ejercicio humillado de la culpa, ni para nosotros ni para el otro.

Ni se trata de el ejercicio compulsivamente forzado del perdón, en que el individuo DEBE hacer caso omiso a sus emociones del momento y abocarse a la obligación de perdonar como “mea culpa” o como magnanimidad condescendiente.
Se trata de dar y recibir perdón como un modo de limpiar todos los errores comunicacionales, las sensaciones de dolor, los espacios de desencuentro, e incluso como un modo de dar cierre amoroso a aquello que de todos modos no puede continuar porque ya no crea valor.

Somos seres emocionales y por lo tanto con derecho irrevocable a nuestras emociones, así que no es reprimiendo o deformando nuestro emocionar como conseguimos el resultado valioso del perdón, por el contrario, ¡es travesando la emoción! y permitiendo que nos atraviese, sin juicios, sin falsos melindres, porque de ese modo sirve como vehículo para conocerte, para aceptarte, para rediseñarte y para ser capaz, al fin del proceso de soltar… de abrir las manos, el corazón, los ojos y el ánimo.
En ese momento, el perdón nace espontáneamente, como el resultado natural de haber sentido, haber pensado, haber aprendido y estar listos para seguir, sin tener que aferrarnos al pasado en ningún modo… ni siquiera por rencor.

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Namasté.

“Nuestro temor más profundo no es que no estemos a la altura de las cosas.
Nuestro temor radica en lo inconmensurable de nuestro poder.
Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos amedrenta.
Nos preguntamos: ¿quién soy yo para tener inteligencia y belleza, para ser alguien fabuloso y con talento?
Pero en realidad ¿quién eres tú para no serlo?
Somos hijos de Dios.
Hacernos los insignificantes no le sirve al mundo.
Todos estamos hechos para brillar, como hacen los niños. Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que está en nuestro interior.

No está solo en algunos; está en todos nosotros.
Y cuando dejamos que brille nuestra luz, damos permiso a los demás para que hagan lo mismo.
Cuando nos liberamos de nuestro propio temor; nuestra presencia libera a los demás..”
(Marianne Willamson)

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