Un hecho:
Nos encanta generalizar.
Generalizamos, como un mecanismo de defensa contra la incertidumbre.
Es decir que, paradógicamente, generalizamos porque tenemos miedo y tenemos miedo porque generalizamos.

Cuantos más elementos se engloban en una afirmación sobre la que tenemos control, menos elementos quedan fuera de nuestra área de dominio y eso reduce la angustia, ergo el mayor consumo de glucosa que se produce en el cerebro por el procesamiento de datos desconocidos.

El otro hecho.

No nos es posible acceder a una realidad externa neta y objetiva, cualquier dato, ingresado por cualquiera de nuestras pistas de acceso debe pasar por nuestro cerebro para ser procesado y decodificado, así que para cuando obtenemos “la certeza” de lo procesado lo que obtenemos en realidad es la única certeza a la que nuestro cerebro puede acceder en el mínimo de tiempo posible de acuerdo con un comparativo con su base de datos.

Lo que enmarca otro hecho:

Todo lo que decodificamos lo decodificamos reflejado en el espejo de nuestra memoria experiencial y de nuestro mundo interpretativo. Así que lo que percibimos es una mezcla entre estímulo externo con nuestras interpretaciones y las mismas están basadas en las experiencias previas que tenemos almacenadas.
Una acción que demora mucho más en ser leída (ni hablar de ser escrita) que en realizarse si tenemos en cuenta que nuestro cerebro tiene una capacidad de procesamientos de datos sensibles de ser catalogados como pensamientos de 4.500.000 por segundo.

Estos tres hechos netos, simples, llanos, comprobables en laboratorio resumen que lo que percibimos es, en definitiva, el reflejo de nuestra experiencia sobre lo que nos estimula y que eso no tiene intrínsecamente mucho que ver con el estímulo.

El Talmud sostiene que

“No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos”

y en jerga cotidiana se dice que

“Cuando Juan habla de Pedro, dice mucho más de Juan que de Pedro”

Entonces:
Qué decimos realmente cuando hacemos esas declaraciones generalizantes de
Todos los/las (personas, hombres, mujeres, padres, hijos etc.)  son iguales?

Hablamos del total objetivo de los 6.875.000.000 de habitantes?

Cuando una mujer declara airada que “TODOS” los hombres son iguales:
Se está refiriendo a los 3.800.000.000 hombres del planeta o a aquellos datos que ha recolectado durante sus experiencia que son producto directo de sus elecciones?

Cuando un hombre dice que “TODAS “ las mujeres son iguales:
En verdad puede afirmar que conoce personal e íntimamente a 4.000.000.000 de mujeres, o meramente está recordando a la misma mujer que viene eligiendo rostro tras rostro?

El hecho es que cuando empezamos a definir el mundo con pronombres indefinidos, es porque nos estamos definiendo exclusivamente a nosotros mismos.
Y lo hacemos en esos términos porque nuestra cobardía frente al cambio, nuestro narcisismo, o nuestro dolor con experiencias previas, filtran todo estimulo que recibimos y lo reflejan en el espejo de la memoria, para crear “la realidad de lo que sabemos

Nos negamos la posibilidad de que la vida nos sorprenda a cambio de la seguridad imaginaria de que ya sabemos cómo la vida es.

El sabor amargo de no individualizar nos quita el placer de vivir; fundamentamos nuestros miedos al futuro en nuestros dolores del pasado y eso nos define una vida de tristeza y oscuridad sin presente.

El término GENERALIZAR viene del latín “generis” (linaje, nacimiento, o tipo natural de algo) que se origina en la raíz indoeuropea “gen-“ (dar a luz, parir, engendrar) en vistas de lo cual, se hace innegable que, en tanto sujetos que poseen un ADN común, encontraremos muchas similitudes, pero seguramente encontraremos muchas más si es lo único que buscamos, lo único sobre lo que hacemos foco.

Para “defender” nuestra individualidad, nuestro espacio personal, nuestra identidad particular, atacamos la individualidad ajena, negamos la identidad del otro y lo masificamos, y lo que terminamos logrando es convertirnos en masa.

Si TODOS son iguales:
Entonces no es cierto que elegimos a otro para ser nuestro amigo, pareja, socio, compañero.
Simplemente nos conformamos con un sujeto sin individualidad que, por nuestra propia declaración, no puede reunir más requisitos que su mediocridad masiva.
Y entonces, eso qué dice de nosotros?
Que no somos más que sendas masividades?

Nos arrogamos el poder de definir al otro, y esa arrogancia nos fagocita hasta que creemos que el otro no es otra cosa más que los que nosotros definimos.

Cuando empezamos a pensar en ese otro como individuo, cuando tomamos en cuenta que es el producto de un entramado complejo e irrepetible de biología, emocionalidad, historia, y experiencias entonces somos capaces de una intimidad, de una darnos y un recibir desde nuestras esencia más sutil la más sutil esencia del otro.

Y esto es lo único que pone real fin al desamparo y la angustia de la soledad. UN mal tan propagado en nuestros tiempo en los que, paradójicamente, estamos cada vez más hacinados.

Si sentimos que empezamos a definir la otredad con pronombres indefinidos, es buen momento para preguntarse si no será hora de redefinirnos, de distinguirnos, de validarnos. Para dejar de ser parte de generalización y empezar a ser individuos valiosos capaces de reconocer e intimar con el valor del otro.
Y entonces nos convertimos en “NOSOTROS”

 

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y
en tanto incluya un vínculo de retorno a esta página,
gracias a una licencia de Creative Commons
.
NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Namasté.

 

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