…Si el incendio va contigo” reza el viejo refrán.

En épocas de Facebook, de twitter, de flashes informativos, comidas rápidas, todos se ha teñido de un halo de inmediatez.

Estamos viviendo en un estado de permanente ansiedad porque debemos hacer todo rápido porque algo, en alguna parte, tiene algo para nosotros que debemos conseguir rápidamente, porque luego de eso, algo, en alguna parte tiene algo para nosotros…
And on, and on, and on…

Aceptar que todo comienzo alberga en si el potencial del final debería ser un estímulo para el compromiso, para la constante construcción, para la atención.
Sin embargo hemos hecho de la formulación de “nada es para siempre”, un culto de lo efímero.

Cantamos loas precursoras
a la muerta anunciada de cada encuentro,
incluso antes de que comience.

Nos convertimos en los apóstoles
de las profecías autocumplidas.

Una suerte de Efecto Pigmalion
en el que tratamos algo como efímero
y entonces lo hacemos desaparecer.

La palabra EFÍMERO está formada por las palabras griegas “epi” (alrededor) y “hemero”(día), refiriéndose a lo que dura un día y no sobrepasa ese lapso de tiempo. Es decir, que comienza y termina rápido.
Sacralizar lo efímero, convertirlo en una filosofía, es un modo de sostener una ilusión de renovación.

Ya que todo está por terminar no nos ocupamos en madurarlo, en aprenderlo, en mezclarnos con ello.
Somos depredadores que llegan, saquean y se van para continuar, dejando a nuestro paso una estela de vacío que no hace sino reflejar nuestra propia vacuidad.

Y no hay paz en la huida.
Escapamos (poniendo rápida distancia física o emocional), porque en cada gran “movimiento” nuestra tormenta interior parece acallarse, y nos adormecemos en una ilusión de paz.

Cuando desandamos la distancia, o la “alexitimia”, la conciencia de que todo sigue tal como estaba nos golpea con un hedor que crea frustración, incertidumbre, angustia, desgano, y promueve nuevas ganas de crear más ausencia…

Un círculo en el que corremos desesperados para escapar de nuestro incendio y la fricción del aire aviva y potencia las llamas que nos consumen.

Una respuesta cobarde ante el desafío de la permanencia, ante el trabajo cotidiano, disciplinado, continuo y delicado de alimentar una relación o un trabajo o una posibilidad determinada, que no tiene los esplendores de los comienzos, la rutilante frescura de lo flamante pero que depara emociones más complejas, más completas, y viajes de autoexploración que nos enriquecen y nos transforman.

“Tendríamos que modificar nuestro sistema de valores para poder apreciar la belleza de lo cotidiano; pero para ello hay que ralentizar nuestros gestos (…)”
sostiene Tzvetan Todorov, un intelectual ejemplar en distintos campos del pensamiento.

PERMANECER:
Viene del latín “permanere” compuesto con el prefijo “per-” (por completo) y el verbo “manere” (quedarse).

“Quedarse por completo”…

… Completamente…
… En Completud…
… Completándose y completándonos.

Podemos aspirar a la permanencia sin por eso olvidar el hecho de que todo comienzo potencia un final, podemos PERMANECER sin necesariamente estar condenándonos a la obligación de PERDURAR que, aunque viene del mismo prefijo “per” está asociado al verbo “durare” que, en su forma más antigua, parece surgir a partir de la raíz “durus(sólido, firme, duro, también rudo y rígido en el sentido moral) que tiene connotaciones más rígidas, más estancadas.

“Per-manerer”…
Para que cuando llegue el momento del final, cuando aquellas cosas que construían el sentido en común con el lugar/la persona/la ocupación/ el proyecto dejen de existir o ya no coincidan, sepamos que hemos aprovechado cada partícula posible de presente, cada átomo de lo construido, que hemos dado y recibido a manos llenas, y que ese final es producto de una de las posibilidades que habitan en el inicio y no de nuestro abandono a cuenta de lo efímero y de aquello mejor que está en alguna parte, aun cuando no sabríamos qué es, ni para qué lo buscamos.

“La belleza de la vida cotidiana:
la que parpadea fugazmente en cualquier momento inesperado,
la que a menudo intentamos suplantar con sucedáneos,
la intangible por nuestras prisas,
la no oficial,
la que no es fascinación por lo extraño y extraordinario,
la que habita inadvertida en nuestra misma casa, no se sabe cuánto tiempo -desde siempre-,
la que brilla en los ojos de quien menos esperamos,
la que susurra,
la que es increíble que estuviera allí,
la que no separa, sino que conjuga los opuestos,
la que acaba complicándonos un poco la vida porque es profundamente humana
y nos liga a las luces y sombras del otro,
la que no se da sin ti,
TAMPOCO SIN EL OTRO.”

(José Manuel Mora Fandos )

El cosmos, la vía láctea, la tierra, los bosques, los mares, las montañas, las ciudades, incluso la sabiduría de tu mirada… todo desaparecerá algún día.
Es decir que SON en sí mismos efímeros, de acuerdo a la medida de su ciclo.

Sin embargo, son lo que son como producto de una permanencia en el cotidiano, que los formó, los construyó, les dio su carácter y su belleza, no con aspiraciones de perdurar, sino con una inmanente naturaleza de experimentación y crecimiento.

Sino, todo lo que existe y somos no sería más que una polvorienta hemeroteca con noticias de un día que se borran con la puesta de sol sin dejar sustancia.

Que te regales tiempo para concerte y conocer,
para experimentarte y experimentar,
para construirte y construir…

PARA SER, DAR Y COMPARTIR VIDA
PERMANECIENDO…
ENTRE EL FLUIR INCESANTE DE LOS INICIOS Y LOS FINALES

Usted tiene el permiso de republicar este artículo o cualquiera de sus partes sin modiicaciones,
y
en tanto incluya un vínculo de retorno a esta página,
gracias a una licencia de Creative Commons
.
NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Namasté.

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