En la Argentina el mate es una tradición de todo el territorio. Es una infusión, un rito, una excusa, una pausa, un motor, un pañuelo, un oído, un silencio tenso, una filosofía y un filosofar… “Ensillar un mate” es una frase que sólo tiene sentido en esta tierra, salvo que, como diría un español muy querido, tengas un caballo que se llame MATE.

Hace alusión al proceso de ordenar los elementos, prepararlo y empezar la cebadura como metáfora de aquel ritual lento del gaucho pampeano de aprontar y colocar el recado en el caballo*:
La caricia que busca que no haya nada que dañe el noble lomo con la larga fricción, la matra, la sudadera y el modo de peinar con ellas el pelo y asegurar la aireación, el acomodamiento de la carona y los bastos… en fin, un proceso silencioso, introspectivo, de un individuo que tenía por delante trabajo duro, sudor, tal vez hambre, pero soberanía y libertad de pampa infinita.

El mate tiene relación directa con las ventanas, la lluvia, los amigos, el insomnio, los exámenes, las lágrimas, las carcajadas, el sol, la espera, el luto, las plazas, los autos, porque todo lo que nos pasa puede estar acompañado por un mate.
Tanto así, que las pavas eléctricas en la Argentina han aprendido a tener dos temperaturas, la de hervor y la de mate, porque si no, no se venden.

Incluso es una verdad popular que los argentinos sabemos que somos adultos el día en que ensillamos nuestro primer mate en soledad, y que muy pocos de nosotros hay llegado a viejos sin manchas de polvo de yerba en la ropa.

Así que aquí el mate es sinónimo posible de emoción, y mientras cebo el mío y pienso en el texto de Espinoza que estoy rumiando (porque, seamos honestos, Espinoza necesita digestión lenta) pienso en eso de las emociones básicas que describe Plutchik, esas que, en tanto adaptativas, nos mueven en sentido de nuestra mejor opción de “supervivencia”.
En su rueda de las emociones se ve claramente que cada emoción tiene su opuesto, su complementario, pero especialmente su sentido.

Hoy en día, nuestras emociones usualmente no están ligadas a una supervivencia literal (lo que, dicho sea de paso, nos ocasiona no pocos problemas con nuestra amígdala cerebral y nuestro registro del trauma) pero siempre están relacionadas como motorizarnos y con reconocernos.
Nos definen y nos enseñan sobre nosotros mismo, en tanto convierten en “cuerpo” nuestras creencias, nuestras limitaciones, nuestros traumas, nuestras sabidurías, y, maravillosamente, nos declaran como dueños de una sensibilidad que perdió el miedo a sentir, que perdió el miedo a todo aquello que permite que realicemos nuestra potencia de sensible y conectada con lo que nos afecta de un modo y no de otro.
Es decir que nos distinguen, y a veces eso promueve una ilusión de separación que es en sí misma causa de dolor y excusa del sufrimiento.

Según Espinoza, nuestro padecimiento ES en tanto no somos causa de nosotros mismos, es decir, en la medida en que no somos Dios (sólo Él es “Causa sui”).
Padecemos, pues, en la medida en que somos meros modos de la substancia y no la substancia misma.
Cuando sufrimos o gozamos en función de los actos, los dichos, o las omisiones del otro, ese padecimiento existe en tanto juzgo al otro como “OTRO”.
Pero este juicio, (como todos los juicios) es subjetivo y parcial y, entonces, inadecuado para ser marco de nuestro existir.
Si, por el contrario, entendemos que tanto yo como el otro somos modos de una misma única substancia, el otro deja de ser propiamente tal, y la acción del otro es mía:

Su beso es mi beso,
Su bofetada es mi bofetada.

Así los pronombres dejan de remitir a entidades separadas y distinguen (apenas para mejor articulación) aspectos de una única substancia, Dios, (en el decir de Espinoza), multiverso, materia primordial o como queramos llamarlo.

Se hace evidente que no se puede definir a un individuo por las características de su otredad (de hecho, no se puede DEFINIR a un individuo, sino más bien la dimensión emocional que habita), pues lo que define el lugar emocional de un individuo, son sus decisiones, sus elecciones y su voluntad soberana de crearse a sí mismo, y paradójicamente, su pertenencia ineludible a esa meta-sustancia Dios, que definiéndose a sí mismo, lo define.

En su fórmula E=mc2  Einstein propone que la energía de un cuerpo en reposo (E) es igual a su masa (m) multiplicada por la velocidad de la luz (c) al cuadrado.

No busco entender las implicancias globales de este postulado porque no soy física, pero me resulta interesante que Einstein proponga que la masa (que se define como la cantidad de materia en un objeto) conlleva una cierta cantidad de energía aunque se encuentre en reposo; algo en sintonía con el “conatus” de Espinoza que define que cada cosa, en cuanto es en sí (quantùm in se est) se esfuerza (conatur) por perseverar en su ser .
Dado que el esfuerzo no es otra cosa más que un hijo de la energía, y que esa cantidad de energía de la materia (su conatus tal vez?) incide sobre el modo en que se comporta la energía en si misma en relación con una constante, (la velocidad de la luz), la fórmula tiene algo sintónico con las definiciones de “emoción” a la luz de las neurociencias.

Tal vez, en este divagar mate mediante, y por aquello de la joya de Indra tibetana, en que todo se refleja en todo, la fórmula de la relatividad, y la relatividad de la individualidad que se delimita por las emociones pero a su vez  es parte indivisible de una energía “Per se” que es Dios, tengan cierta coincidencia.

E= mc2
E mo ci ón

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Namasté.
El Apero y el Recado_001
A TÍTULO DE NOTA

Written by Sri Ganga Mata Daniela

COACH ONTOLÓGICO CERTIFICADO, SOFROLOGA, PERSONAL & PROFESIONAL MENTORING CONSULTORA EN AROMATERAPIA PSICO-EMOCIONAL Enfoques transdiciplinarios para la Realización, Evolución y Trascendencia del Individuo, su calidad de vida y su universo emocional

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