A medida que vamos avanzando en el camino de nuestro autoconocimiento y nuestro rediseño, vamos encontrándonos con aspectos de nosotros mismos que parecen imposibles de resolver, o de modificar.

Dado que vivimos en un paradigma en el que todo debe ser clasificado bajo estandares maniqueos  y sólo existen “Bueno o Malo” “Correcto o Incorrecto” todo aquello que nos aleje de lo considerado “apropiado” en el paradigma es categorizado como despreciable, patológico, y debe ser REMOVIDO como una suerte de tumor, de modo tal de poder lograr una versión más “correcta” de nosotros mismos.

Muchas tendencias a través del tiempo nos instan a “abandonar” el ego, a purificarnos de nuestros pecados, a purificar nuestras auras, a renunciar a nuestras naturalezas, a sacrificar e incluso torturar a nuestros cuerpos en aras de las almas…
En el transcurso de mi experiencia como viajera interior, he aprendido que la “cirugía mayor” no siempre es la respuesta;  nos hace ver al ego como el enemigo que actúa en nuestra contra con premeditación y alevosía, y  a quien hay que negar, neutralizar, odiar incluso hasta lograr su extinción. Porque partiendo desde la base de que hay algo en el individuo que es tan errado y tan nocivo que debe ser erradicado, se promueve una tendencia al auto-rechazo y a la falta de amor, y que eso, sin importar cuánto nos hayan contado, no termina bien.

Se crea una inmensa presión por CAMBIAR, por SER MEJOR, por “ILUMINARSE”, una presión similar a poner cantidades excesivas de butano en el combustible de un motor, pudiera parecer que el alto octanaje mejora el rendimiento, pero en el largo plazo el motor colapsa porque no lo resiste.
O bien el individuo desiste, frustrado por la angustia de esforzarse y no llegar, o se vuelve obsesivo de lo peor de sí mismo, llegando incluso a prohibirse la manifestación de emociones bajo el supuesto de que así se corregirán o incluso desaparecerán por completo, o puede llegar a enfermarse en un intento desesperado del cuerpo físico por manifestar el daño ya ocasionado en los cuerpos energético, emocional y mental.

Qué tiene que ver la ECOLOGÍA con la EMOCIÓN?

Del mismo modo que estamos aprendiendo a movernos en términos de ecología para relacionarnos con nuestro entorno, es preciso saber relacionarnos en términos de ecología con nosotros mismos.
No todo necesita ser cortado, extirpado, castrado, modificado o purificado, muchas veces simplemente requiere de ser recategorizado, y para eso se utilizan los mismos principios que se utilizan para el reciclado de materiales. O se aplica un proceso que lo devuelva a un estado sensible de ser rediseñado y reutilizado, o se lo reconoce con nuevas miradas y se reciclan en nuevos usos, o se aprende a liderarlos para poder minimizar los efectos ineficientes sobre nuestro ecosistema.

Es decir, aplicar el mismo principio 3R de la ecología:
• Reducir.
• Rediseñar.
• Reutilizar

Este modo ecologista de adentrarnos en nosotros mismos, es una forma de entender las emociones que contempla dos valores clave: la responsabilidad personal y la conciencia del impacto global que la competencia o incompetencia de la gestión de las mismas tienen en los ecosistemas circundantes:

Pareja
Familia
Comunidad
En fin… la humanidad toda.

En lo individual, su mayor importancia radica en que, por una parte, de este modo hacemos un uso más inteligente de nuestra energía de proceso y de transformación, y la hacemos autosustentable, porque el reciclado es un acto de Amor, un Amor que vuelve hacia nosotros y nos retroalimenta, no sólo ahorrando la energía que se pierde en frustración y lucha, sino llenándonos del más puro amor, ese que nos prodigamos a nosotros mismos en la aceptación.

Y por otra parte, porque cada uno de nosotros como seres encarnados poseemos una configuración limitante establecida al momento de manifestarnos. Es la plantilla diseñamos antes de encarnar, desde un nivel superior de conciencia y es necesaria para cumplir con tu objetivo trascendental.  Dicha configuración está dispuesta de una manera en particular y preestablecida en tu estructura física y energética y tiene como propósitos, sostener nuestra imperfección para que nos sea posible transitar en la 3° dimensión a la cual, sino no podríamos acceder, desafiarnos para el desarrollo de las experiencias que planificamos, y presentarnos una serie de pistas de acceso desde los cuales nos es más simple encarar cualquier proceso de rediseño.

Por lo tanto, ser capaz de una mirada ecológica nos permite interactuar con esta configuración de modo de sacarle el mayor provecho posible y de remodelarla para que no nos limite en nuestra trascendencia. En otras palabras, esta configuración opera de la misma manera que los lastres en un globo aerostático. Si bien a primera vista dan la sensación de “limitar” el vuelo, en realidad son fundamentales para que este sea posible. Es cierto que, si los soltáramos todos los lastres, el globo se elevaría libre, y cada vez más alto…en una inmensidad sin dirección ni propósito que acabaría con la existencia física del mismo.

Lastre no es lo mismo que sobrecarga

La sobrecarga es aquello de lo que debemos liberarnos para poder volar, para poder experimentar. En cambio, el lastre, es algo que debemos aprender a balancear para que nuestro vuelo sea maravilloso.
Gracias a él es posible regular los niveles de altitud para los que estamos preparados a transitar, disfrutando la experiencia y asimilándola en su máximo potencial. Redistribuyéndolo cambiamos de dirección, aprovechamos mejor la energía de la atmósfera para un vuelo más duradero y más cómodo; y a medida que nos hacemos expertos de este vuelo en particular, somos capaces de hacer de nuestro lastre un instrumento que nos perfecciona, nos vuelve exquisitos en el volar, porque entonces regulamos posición, velocidad, altitud, dirección, todo gracias a él.

Así, cuando nos topemos con algunos de nuestros lastres, no pensemos en ellos como en un enemigo a destruir, o un cáncer a erradicar, sino como en un elemento indispensable que nuestra conciencia superior puso en nuestras manos, para que pudiéramos disfrutar el viaje y volvernos cada vez más sabios en nuestros vuelos.
El único inconveniente real que poseen nuestros lastres, es que los creamos una sobrecarga e iniciemos una guerra contra nosotros mismos con el fin de “derrotarlos”, o que nos identifiquemos con sus limitaciones y no con sus posibilidades, aceptando entonces que estamos “condenados” a ellos.

Para eso es necesario antes que nada una aceptación genuina, y un conversar con nosotros mismos lejos de los paradigmas de auto desprecio y de autocastigo. No podemos amarnos desde el odio, no podemos ser ecológicos desde el desprecio del ecosistema. Tal como una cadena trófica depende de su depredador y comprendido de este modo este deja de ser el villano sangriento para convertirse en el gran escultor (1), nuestras zonas de sombras debidamente reconocidas, aceptadas y aprovechadas, son nuestras grandes aliadas al momento de rediseñar el ecosistema que somos y la contribución que queremos hacer al ecosistema que nos alberga.

Nuestro depredador interno nos domina, nos destruye, nos hace doler, sólo cuando nuestro ecosistema interior está dañado en su totalidad. Cuando hemos dejado que los mandatos nos quiten el albedrío, las presiones sociales no quiten la identidad, las presiones estéticas nos quiten autoestima, las presiones del “buen gusto y decoro” nos roben la espontaneidad y la pasión. Entonces, dejamos de ser un ecosistema vivo, autosustentable, generador de vida, para convertirnos en un desierto de estructuras, un páramo yermo de construcciones antinaturales que nos obligan a depender de un afuera dictatorial y contaminante para poder sobrevivir perteneciendo.

Ahí, en ESE paisaje, en esa plastificación de nuestra genuina naturaleza, el depredador interno deja de ser una componente valiosa entre tantas del ecosistema, para erigirse en soberano de nuestra depresión, enajenación, nuestro caos, angustias, soledades y miserias emocionales.
Y entonces apuntamos todos los cañones en su contra, con la única idea de extermino, en la esperanza que su sola muerte haga que todo sea perfecto… una trampa más del pensamiento mágico que nos mantiene cómodamente adormecidos en la zona de confort de nuestra queja y nuestra victimización, a la espera de ese acontecimiento único que cambiará por fin nuestras vidas para siempre.

Pero si nos mantenemos en una conciencia permanente, una presencia comprometida en el presente, y una proceso de auto-descubrimiento cotidiano buscando y adquiriendo las herramientas para distinguir lo ecológico de lo contaminante, lo nutricio de lo desertificador, los lastres de las sobrecargas; aprenderemos las acciones y reflexiones que corresponden a cada uno de ellos y cuál es el balance entre crecimientos y decrecimientos más ecológico, lo que nos garantiza un viaje maravilloso por la divina experiencia de la tercera Dimensión permanente evolución y plenos de vida.

(1) NOTA: Si querés un ejemplo claro no te pierdas esta MARAVILLA sobre lo que ocurre cuando el elemento “malvado” retorna a su hogar:

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